En 1973, cuando Shigeto Takahashi —fundador de Zuiyo Entertainment— quiso crear la serie de animación Heidi, la niña de los Alpes, los responsables de las cadenas de televisión le dijeron a «No se ha hecho nunca» una serie de éxito en la que la protagonista fuera una niña. Takahashi consiguió convencerles, la serie se acabó convirtiendo en un éxito (no solo en Japón), fue el germen del sello World Masterpiece Theatre y el inicio de otros muchos proyectos protagonizados por chicas. Actualmente, más de 50 años después de su estreno, se siguen lanzando productos y ediciones relacionadas con ella.
A principios de los 1980, cuando Hayao Miyazaki quiso dirigir su primer largometraje original y propuso Nausicaä del Valle del Viento, en Tokuma Shoten le dijeron «No se ha hecho nunca» una película que no estuviera basada o inspirada en un obra ya publicada. A raíz de eso empezó a dibujar el manga de Nausicaä (de lo que no nos quejamos) y, gracias a las argucias de Toshio Suzuki, pudo dirigir la película que fue el germen de lo que, un año después, se convertiría en Studio Ghibli.
Tras el estreno de El castillo en el cielo (1986), el próximo proyecto propuesto por Hayao Miyazaki fue una historia muy personal que se titularía Mi vecino Totoro. Los cines dijeron que «No se ha hecho nunca» algo así, que Totoro daría miedo a los niños y que no le veían potencial. Gracias a la intervención (amenazas) de Yasuyoshi Tokuma, la película se estrenó junto a La tumba de las luciérnagas. Con el tiempo se convirtió en uno de los iconos del estudio, les dio una inyección económica gracias a la venta de merchandising y es, sin duda, la pelicula de la que más productos se han comercializado del estudio, estando entre las películas más vendidas en formato doméstico desde su lanzamiento.
«No se ha hecho nunca» puede ser un recurso para no tener que pensar. Como no encaja en lo que se cree que venderá y dará beneficios, no se valora nada más, se dice que no y a otra cosa. En ocasiones, no solo en animación, uno tiene la sensación de estar viendo lo mismo uno y otra vez. Y, oh sorpresa, a pesar de ser productos cortados por el mismo patrón, no todos funcionan. No salen a cuenta.
En muchas ocasiones «no se ha hecho nunca» no es una argumento válido si no se valora el proyecto globalmente. Del mismo modo que una serie de acción y aventuras protagonizada por un valiente muchacho acompañado de su exuberante compañera no es sinónimo de éxito. Creo que siempre, pero en estos casos con más razón, se debe valorar todo: el equipo, la idea, los valores, el argumento.
Antes he puesto ejemplos de éxito que podrían considerarse sesgados. Y es cierto. Hay ejemplos que funcionaron mejor o peor, pero que no dejan de ser válidos. Me centro en el entorno Ghibli. Las aventuras de Horus, príncipe del sol fue un proyecto polémico y conflictivo. No fue un éxito comercial, pero sin duda tiene su relevancia en el mundo de la animación. Actualmente se siguen lanzando versiones domésticas de una película estrenada en 1968. Goshu el violonchelista tampoco fue un éxito escandaloso. De hecho, se creó por un reducido grupo de animadores en sus ratos libres. No fue creado para tener éxito, pero el mundo de la animación es un poco mejor con este título en su filmografía. Por último, El cuento de la princesa Kaguya fue un descalabro comercial. Pero el productor Seiichirō Ujiie se empeñó en llevarlo a cabo a pesar de todo. Seguramente valoró todo el conjunto y vio puntos negativos evidentes (rentabilidad) pero otros muchos positivos. Desgraciadamente no pudo ver terminada la película, pero sin duda se puede considerar una decisión acertada, pues fue la última oportunidad que tuvo Isao Takahata de dirigir la que, en mi humilde opinión, es su película más completa.

¿Cuántos proyectos se habrán quedado en un cajón porque «no se han hecho nunca»?